Arte que despierta conciencias

27 julio 2021

¿Cómo pueden los artistas dar voz a los que necesitan ser escuchados? ¿Cómo poner el lenguaje artístico al lado de la población más vulnerable? 

Encontramos algunas respuestas en el fascinante trabajo de tres becarios de la Fundación ”la Caixa”: Miguel Sbastida, Andrea Santolaya y Gema Álava, que con sus propuestas artísticas nos llaman a levantar más puentes culturales que muros y barreras.

Arte contra el calentamiento global

No pocos artistas llevan años comprometidos respecto al cambio climático. Como los norteamericanos Lars Jan y Mel Chin o el danés Olafur Eliasson, también Miguel Sbastida se ha entregado a ello de forma sorprendente y con un gran atractivo visual. Miguel, que cursó con una beca de la Fundación ”la Caixa” un máster en la School of the Art Institute of Chicago (2015-2017), trabaja tanto con la instalación y la performance como con la fotografía, el vídeo o el dibujo. Y lo hace en contacto estrecho con el medio natural. O mejor dicho, en el medio natural.

De él hemos visto, por ejemplo, Walk like a glacier (2016), donde cargó un trozo de hielo ladera abajo, continuando con su cuerpo la acción erosiva de un glaciar, o “High Tide” (2018) en la que arrojó agua del mar contra un acantilado, durante un ciclo completo de la marea.

Miguel Sbastida cargando con un trozo de hielo ladera abajo en Walk like a glacier (2016).Miguel Sbastida - Performance ‘Walk like a glacier’.

Miguel trabaja en reacción a circunstancias culturales y medioambientales muy específicas. Sus acciones performativas ocurren en entornos no urbanos y en diálogo con procesos temporales y agentes de carácter geológico y climático. ¿Su objetivo? “Disolver y cuestionar las divisiones antropocéntricas que hemos establecido entre lo humano y lo no-humano.” 

Dicho de otro modo, no somos el centro, y tenemos que cambiar el modo en el que pensamos y nos relacionamos con otros seres y materialidades. Miguel se documenta a fondo. Por poner un ejemplo, le impactó mucho la polución de escombros causada por los vertidos de Altos Hornos de Vizcaya entre 1920 y 1970, que el mar ha devuelto a la costa generando un conjunto de residuos cristalizados en playas. “Lo que me resulta más interesante de estos residuos industriales es la manera colateral en la que los procesos naturales han transformado e integrado sus componentes en un conjunto de geologías posnaturales. Recuerdo recoger pequeñas piedras de colores en estas playas para más tarde darme cuenta de que en realidad eran fragmentos de ladrillos refractarios. Algunas otras parecen roca volcánica, pero son escorias de las fundiciones”. Desperdicios que vertemos y vuelven “en forma de fantasmas”, dice.

Fotografía del proyecto ‘Technofossils of the Anthropocene’ en la que se ve un terreno montañoso.Fotografía del proyecto ‘Technofossils of the Anthropocene’.

¿Y cómo actúa el arte en todo ello? Pues el estímulo visceral y emocional que ejerce de forma muy directa en el espectador puede ser un gran aliado de otras áreas de conocimiento. Al final, “el objeto artístico sitúa al espectador en medio del problema, activando un proceso de cuestionamiento y motivando una reacción corporal”, explica.

Miguel pone como ejemplo su proyecto actual en torno a la botánica colonial, y en concreto en torno a plantas invasivas. Para ello lee a fondo, contacta con científicos, investiga cuestiones relacionadas con la filosofía ecocrítica, teoría poscolonial... Y ahí reside la esencia de su trabajo: “No solo busco crear objetos o experiencias que sean capaces de informar y transformar nuestra manera de entender y relacionarnos con el mundo natural, sino también que sean capaces de tener un impacto directo sobre las problemáticas que referencian”. Ya sea en el desierto, en un glaciar, entre grandes rocas o cerca de la costa, hay una línea común en las creaciones de Miguel, que ha expuesto y ha sido premiado en varias ciudades de Estados Unidos y Europa: buscar paralelismos entre el funcionamiento mismo del cuerpo y el del ecosistema.

Para haber llegado hasta aquí, “la beca de la Fundación ”la Caixa” fue absolutamente vital en mi proceso formativo como profesional”, comenta Miguel. “No estaría trabajando a este nivel si no hubiera sido por mis estudios en Estados Unidos, y por la guía personal y profesional de personas que me han acompañado en el proceso”.

Fotografiar la insularidad

Becada por la Fundación ”la Caixa” en el 2007 para realizar el Master in Fine Arts Photography Video and Related Media en la School of Visual Arts de Nueva York, Andrea Santolaya ha fotografiado la intimidad (y a menudo soledad) de los miembros del Ballet Mikhailovsky de San Petersburgo (Rusia), la etnia warao del delta del río Orinoco (Venezuela) y los boxeadores de los gimnasios de Nueva York (EE. UU.).

“Pico do Refúgio”. Autorretrato de Andrea Santolaya. Fotografía seleccionada como cabecera de la exposición “Volvemos” en colaboración con Photoespaña y Hofmann (España).“Pico do Refúgio”. Autorretrato de Andrea Santolaya. Fotografía seleccionada como cabecera de la exposición “Volvemos” en colaboración con Photoespaña y Hofmann (España).

Le preguntamos si tiene predilección por la gente que vive un poco al margen, en condiciones difíciles, pero nos contesta que “no es tanto el aspecto de vivir al margen sino vivir con origen, pertenecer a un espacio acotado y convivir en él... En realidad, todo surge como respuesta a una inquietud por ‘formar parte de’ y lidiar con lugares donde la raíz común nace de pertenecer a una tierra milenaria (los Antiguos Creyentes rusos), formar parte de un cuerpo de baile en la cuna del ballet (el Teatro Mikhailovsky), batirse ante un igual en un escenario (los Golden Gloves), formar parte de un equipo (el Biarritz Olympique) o bien habitar lugares más complejos, como puede ser una prisión frente al mar en una isla (la Boa Nova)”.

Para Andrea, la cámara de fotos es una herramienta visual que le permite tratar con un halo de atemporalidad el vínculo de las personas con los lugares, la familia y la comunidad, nos explica. En cuanto al papel de la fotografía (y del arte en general) de mostrar la población más vulnerable o dar voz a los que no la tienen, destaca el poder de la imagen para generar un cambio. Pero advierte: “Para contar una historia en imágenes es imprescindible tener acceso y saber presionar el botón en el momento acertado. Lo primero conlleva tiempo y cierta pericia para entrar en la intimidad, mientras que lo segundo se aprende”.

Pero más que “descubrir al espectador realidades subyacidas”, Andrea busca tratar temas universales desde lo local. Por otra parte, el hecho de haberse acercado a comunidades con alto índice de analfabetismo, falta de recursos y poco acceso a la cultura ha abierto otros caminos para ella. “Estoy emprendiendo nuevos proyectos ligados al sector educativo a través de talleres de fotografía. Me apoyo en los siguientes paradigmas: la fotografía como herramienta para el desarrollo creativo, la inclusión social en pequeñas comunidades y las artes comprendidas como un espacio para educar las emociones”.

Ha comprobado cómo la fotografía tiene un impacto positivo para la transmisión de valores y emociones, por ejemplo, en comunidades insulares, y está orgullosa de haber sido seleccionada como la nueva artista residente por el Plano Nacional das Artes, con sede en Lisboa, para continuar el proyecto “De Fenais a Fenais” en la isla de San Miguel para impartir un taller de fotografía que comienza con alumnos de secundaria de la Escola Básica Integrada de Rabo de Peixe.

Sobre su trabajo fotográfico relacionado con los nativos del delta del Orinoco (“Waniku. Donde retumba el agua”), explica que se basó en la interpretación de la mitología fundacional warao. “En vez de enfocar el trabajo en la representación del cambio, el progreso y la aculturación incidente quise dar espacio a las raíces y todo aquello que levita sobre el imaginario del Orinoco. La serie de retratos de mujeres en el agua son una reinterpretación del mito sobre “El arquero Buen brazo” de cómo llegaron a este lugar tan apartado del mundo. Me interesaba hablar del origen y jugar con la atemporalidad de las imágenes.”

“El arquero Buen brazo”. Fotografía de la exposición “Waniku. Donde retumba el agua” en la que se ve una flecha en un lago.“El arquero Buen brazo”. Fotografía de la exposición “Waniku. Donde retumba el agua”.

Andrea, cuya tesis doctoral en la Facultad de Bellas Artes en Madrid versa sobre la idea de la fotografía como herramienta de transformación, puede decir en este momento de su carrera que “a lo largo de los años he logrado un lenguaje fotográfico muy particular con el que he conseguido retratar la vida de pequeñas comunidades en las que la atemporalidad es el lazo de unión más visible”.

Y añade, a modo de conclusión: “La fotografía se ha convertido en una herramienta para adentrarme en mundos en que no hubiera sido posible entrar de otra manera. He podido observar cómo la imagen puede trascender e impactar en la comunidad. No solo como imagen, sino también como medio para gestar la idea, la crítica, la capacitación comunicativa y la creatividad, y así romper barreras para generar un efecto positivo y de crecimiento, especialmente en personas con falta de recursos”.

La fuerza de los más vulnerables

Gema Álava disfrutó de una beca de la Fundación ”la Caixa” en 1996 para estudiar en el San Francisco Art Institute de California. Asesora cultural del Consejo Mundial de los Pueblos para las Naciones Unidas, artista multidisciplinar, conferenciante y escritora, Gema resume sobre su obra artística: “Siempre tiene en común la idea de que, a través de objetos, personas, lugares o acontecimientos que suelen etiquetarse como vulnerables, se puede comunicar una fuerza extraordinaria”. 

Gema Álava, en su estudio, elaborando una pieza de su obra.Gema Álava, en su estudio.

Un ejemplo serían sus trabajos sobre la capacidad de superación y la maestría en adaptarse a retos inspirados en personas con discapacidad. Estos pueden “educarnos —señala— en este tiempo de pandemia que nos obliga a adaptarnos y limita nuestros movimientos”.

Por otra parte, tiene un trabajo inspirado en las personas que viven en la extrema pobreza, con quienes ha trabajado en las Naciones Unidas. ¿Su objetivo? “Reivindicar el mejorar las condiciones que nos son dadas desde la cuna y de las que no hay que avergonzarse, sino buscar cambios, especialmente a través de las leyes.”

Otro ejemplo es el de las mujeres que viven en casas de acogida, de quienes Gema ha aprendido “la importancia de encontrar nuestro valor, nuestro potencial y nuestra autoestima para mantener relaciones sanas en lugar de tóxicas y superarnos como seres humanos a lo largo de nuestras vidas”. Todo ello lleva a la artista a aclarar: “A veces se define como barrera social o cultural la vida misma; barreras que existen desde la Prehistoria. Nadie puede derribar la naturaleza humana, pero sí podemos educarnos y equilibrar la balanza para centrarnos en la capacidad de superación y la empatía del ser humano”.

Para acercarse un poco más al trabajo de Gema, cabe citar su proyecto Hexagons. En el 2017 la artista comenzó la tarea de colocar hexágonos de 24 quilates de oro para destacar lugares y personas con gran talento e inspiración. “Cada hexágono cuenta una historia de crecimiento, esperanza o resistencia”. Estas piezas están en el suelo y pueden pisarse. “Cuando los hexágonos se pisan hasta desaparecer no me quejo: porque es un ejemplo de la resistencia que tiene el ser humano ante situaciones difíciles”, explica.

Uno de los hexágonos del proyecto artístico multidisciplinario fundado por Gema Álava. Una fotografía en la que se ve una lámina de oro descansando en el suelo.Uno de los hexágonos del proyecto artístico multidisciplinario fundado por Gema Álava.

La becaria, que ha trabajado para el MoMA, el Solomon R. Guggenheim Museum, el Metropolitan o el Whitney Museum of American Art y hace tours privados en museos, menciona también su proyecto TRUST ME, en el que guía a personas con los ojos cerrados y realiza descripciones verbales que normalmente hace para personas ciegas o con discapacidades visuales. Gema, que habla de estas performances en su nuevo libro “Cómo perder el miedo dentro de un museo”, se despide así: “Trabajemos juntos porque el tiempo de ser egoístas se nos acaba”.

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