18 septiembre 2017

Alzhéimer: genética y estilo de vida. Entrevista a Jaisalmer de Frutos


Jaisalmer de Frutos (España, 2015) es investigadora en el Laboratorio de Neurociencia Cognitiva y Computacional, en el Centro de Tecnología Biomédica de Madrid. Se especializa en el estudio de la detección temprana del alzhéimer y las interacciones entre genética y estilo de vida en el desarrollo de esta enfermedad.

¿Cuál es el objetivo de vuestro grupo?

Nosotros no intentamos curar el alzhéimer, hay otros grupos que se dedican a esto. El problema es que el proceso neuropatológico subyacente al alzhéimer empieza hasta 20 años antes de que aparezca la sintomatología clínica. Nosotros trabajamos en caracterización temprana; intentamos encontrar algún biomarcador que nos indique qué personas potencialmente van a desarrollar la enfermedad y qué personas serían buenas candidatas para recibir el tratamiento una vez se encuentre una cura. Para ello utilizamos una técnica llamada “magnetoencefalografía”, que nos permite medir los campos magnéticos que generan las corrientes eléctricas en el cerebro. Esta es una tecnología muy puntera que utilizan aún muy pocos laboratorios.

Saberlo antes de que empiece esa sintomatología clínica sería clave…

Claro. El problema es que cuando lo diagnosticamos hay mucho daño cerebral y, aunque hubiera una cura —que hoy en día no existe—, estaríamos llegando muy tarde. No quedarían sustratos sobre los que el fármaco pudiera actuar. Además, caracterizar la enfermedad en sus estadios iniciales nos permitiría entender mejor qué causa la enfermedad y nos podría dar una pista acerca de cómo actuar.

¿Qué particularidades tiene el estudio que coordinas?

Los voluntarios son gente sana y cognitivamente normal con un riesgo incrementado por ser familiares de primer grado de personas con alzhéimer. Dentro de los familiares de personas con alzhéimer, los dividimos entre los que tienen riesgo genético y los que no. Como es gente sana, evaluamos factores de riesgo —como ser familiar en primer grado o tener factores genéticos— y factores de protección o riesgo de estilo de vida.

¿Qué factores de estilo de vida?

¡Muchos! Por ejemplo, nutrición, actividad física, nivel educativo o patrones de sueño.

¿Qué pruebas se hacen los voluntarios?

Lo primero que se hace es una evaluación neuropsicológica en la que se miden procesos cognitivos básicos como la memoria, el lenguaje, la atención, etc. Esto sirve para comprobar que realmente están bien y para tener una línea de base para hacer un estudio de seguimiento. A continuación, se hacen una prueba de nutrición en la que se ve qué tipo de dieta siguen y sus características antropométricas. También medimos actividad física con un acelerómetro y mediante cuestionarios. Ese acelerómetro también nos da información sobre sueño. Después se hace una prueba oftalmológica. Se ha visto que algunas de las primeras células que se ven alteradas en la enfermedad están en la retina. También se hacen una prueba para medir bilingüismo. Se someten, además, a un análisis de sangre para que podamos estudiar su ADN y podamos evaluar si sus niveles de distintos factores de neuroinflamación están aumentados. El estudio también incluye dos pruebas de neuroimagen: una resonancia magnética, para ver la estructura del cerebro, y una magnetoencefalografía, para estudiar la actividad cerebral. A veces encuentras alteraciones en estas pruebas que no son específicas del alzhéimer, pero que tomadas en conjunto pueden darte un indicador de que las personas con ciertas características tienen un riesgo incrementado, aunque a priori su rendimiento cognitivo siga siendo normal.

¿El estilo de vida puede retrasar la aparición de los síntomas de la enfermedad?

Algunos factores de estilo de vida contribuyen a mantener sano el cerebro, a prevenir el daño. En este grupo encontraríamos la dieta y la actividad física, por ejemplo. El abuso de sustancias o la exposición a la contaminación tendrían el efecto opuesto. Otros factores contribuyen a lo que se ha llamado “reserva cognitiva”, que es lo que permite explicar por qué el cerebro de diferentes personas con un mismo daño reacciona de manera distinta, en el sentido de que se es capaz o no de mantener el rendimiento cognitivo. El factor más estudiado es el nivel educativo, aunque algunos piensan que bilingüismo también tiene este efecto, a pesar de que este es un tema bastante controvertido.

¿El nivel educativo?

Parece que personas con mayor nivel educativo, o un trabajo más demandante a nivel cognitivo, son capaces de defenderse del daño durante más tiempo. Eso no significa que no sufran la enfermedad, la sufren igual. Pero el efecto del proceso neuropatológico no se nota hasta más tarde. Una vez que aparece la sintomatología clínica y se diagnostica la enfermedad, el declive es el mismo.

También existe un riesgo genético…

Sí. Hay un factor genético. Existen dos tipos de alzhéimer, en realidad. Uno de inicio temprano, determinado totalmente por factores genéticos, y uno de inicio tardío, en el que ser portador de ciertas variantes genéticas supone un factor de riesgo. Nosotros estudiamos la segunda categoría, que supone más del 95 % de los casos. Esta variante de la enfermedad se encuentra dentro de las denominadas “enfermedades complejas”, enfermedades que resultan de la interacción entre variables genéticas y variables ambientales. Existen varios genes que se cree que juegan un papel en el desarrollo de esta enfermedad, pero hay uno que es especialmente importante.

¿Tiene efecto entonces el estilo de vida?

Un estudio reciente plantea la posibilidad de que ser portador de una variante específica del gen más relevante en cuanto a riesgo genético en realidad determina que vayas a desarrollar alzhéimer. Lo que modula entonces que aparezca o no la enfermedad, y cómo de tarde lo haga, es tu estilo de vida, porque puede retrasar esa aparición incluso más allá de tu esperanza de vida. El límite de la esperanza de vida de un humano se estima en 120 años. Este planteamiento lo que propone es que todos los portadores de este factor de riesgo genético desarrollarían la enfermedad si llegasen a esa edad, pero como no llegamos y nos morimos antes, algunos, gracias a su estilo de vida, están siendo capaces de compensar el riesgo genético. Cosas como la dieta, el nivel educativo, el bilingüismo, la actividad física, el consumo de alcohol, la contaminación... La balanza, al final, se inclina hacia un lado o tarda más en inclinarse hacia un lado o hacia el otro.

¿Ser bilingüe es un factor de protección?

Es un tema controvertido. Según un grupo canadiense, la gente que en su día a día utiliza dos idiomas puede retrasar la aparición de la sintomatología clínica de la enfermedad hasta cinco años. Esto se explicaba en términos de reserva cognitiva. También hay otros investigadores que no han encontrado este efecto. Nosotros lo que hemos visto aquí es que sí que hay diferencias en el cerebro de personas bilingües y monolingües, pero no podemos afirmar si eso realmente va a retrasar la aparición de la enfermedad. Es un tema controvertido porque varios investigadores encuentran esa ventaja, pero otros dicen que los bilingües en realidad no solo son bilingües, sino que hay otras cosas, como un nivel educativo mayor o mayor cociente intelectual, que contribuirían a esa ventaja.

¿Y el deporte?

En mi tesis me centro en la actividad física, que es uno de los factores de protección más consolidados contra el deterioro cognitivo. A mí me interesa especialmente estudiar si en personas que son portadoras de distintos factores de riesgo genético para el alzhéimer la actividad física es capaz de compensar el riesgo añadido que tienen estos sujetos. Para ello utilizamos las pruebas de neuroimagen que comentábamos antes, que nos permiten ver si hay diferencias en la estructura o la actividad del cerebro como resultado de ser o no portador de estos factores de riesgo genético y luego vemos si la actividad física es capaz de modular estas diferencias. Lo bueno de la actividad física es que es un factor de estilo de vida modificable, sobre el que es fácil basar un programa de intervención. Pero aún necesitamos que avance más la investigación en este ámbito para determinar qué tipo de actividad física, practicada con qué frecuencia o a qué intensidad es la más efectiva, así como saber en qué etapa de la vida ser más activos nos reportará mayores beneficios en la vejez. Lo que sí sabemos es que nunca es tarde y que practicar deporte a edades avanzadas es beneficioso.

¿Qué perfil de voluntarios necesitáis?

Sería gente sana (sin alzhéimer) de entre 50 y 80 años, con o sin antecedentes familiares de la enfermedad. El objetivo del estudio son 300 y llevamos unos 70. La mayoría son familiares porque nos cuesta mucho encontrar controles, gente sana sin antecedentes que esté dispuesta a hacerse estas pruebas. Los familiares suelen estar más motivados. Pero necesitamos ambos perfiles. Tras participar en el estudio les damos una serie de informes con los resultados de las pruebas más importantes (siempre que quieran recibirlos, claro está).

Si quieres ponerte en contacto con el equipo para formar parte de este estudio, escribe a Jaisalmer de Frutos a la dirección de correo jaisalmer.defrutos@ctb.upm.es o llama al teléfono 913 364 642.